miércoles, 2 de febrero de 2022

Primera repetición de la vía del Bunny 300m 6b+/A3+

Decían que en 14 años no se había conseguido repetir. Que daba la sensación de que los aperturistas habían ido allí a morir. Que aquella pared estaba más hecha de barro que de roca, y que pasar por ella era una locura. Ya estaba confirmado por fuertes cordadas francesas y otros escaladores más locales que no llegaron a pasar del quinto largo.

Esto fue precisamente lo que nos motivo a intentarlo…

Este año me había propuesto un interesante proyecto a nivel deportivo. Algo fuera de lo común, y para lo que tendría que empeñarme en cuerpo y alma si quería tener la más mínima posibilidad de éxito. Necesitaba un duro entrenamiento físico, mental y técnico antes de acometer tal aventura de Big Wall que aún aguarda paciente.

Se dice que en la montaña la mitad del éxito es el compañero, y es por ello que debemos saber bien con quién juntarnos para cada tipo de actividad. Yo necesitaba amigos a mi lado. A gente con la que me pueda entender con pocas palabras, gente comprometida con la causa, gente competente, pero sobre todo, gente motivada y rebosante de pasión.

Los Mallos de Riglos. Foto hecha con dron por Javi 

Por supuesto, Sophie entraba en el plan desde el principio. Pese a que sólo lleve un año escalando, no había conocido antes tales ganas de escalar y aprender a cualquier precio, siempre que el componente AVENTURA fuese un presente en la ecuación. Lo único que le faltaba por razones evidentes era experiencia en pared. Y para el reto que me proponía, necesitaba también a una persona que pudiese afrontar responsabilidades de envergadura una vez llegase al momento de la acción. Alguien que se sienta cómodo sufriendo, alguien resolutivo, que mantenga el ánimo bien alto cuando la cosa se ponga chunga. Y si además esa persona controla de escalada artificial y maniobras de Big Wall, entonces sería la ideal. Así que no dudé ni por un momento llamar a nuestro amigo Saúl Marcos Molinuevo, con lo que ya quedaría el equipo al completo.


Fue de boca de este elemento de la que salió la idea de ir a Riglos a entrenar antes de asumir el gran proyecto con el que yo soñaba. Y ni más ni menos que propuso hacer la vía del Bunny. Una ruta en la cara sur del Pisón que por lo que se sabía de ella, parecía estar maldita. Pero Sophie y yo no dudamos un segundo en responder de manera afirmativa. Seguro que aprenderíamos un montón metiéndonos en tal berenjenal aunque no consiguiésemos completar la pared por llevar ambición de más.

Preparar la logística no fue del todo moco de pavo. La información que aparecía en la reseña de Toño Carasol y Armand Ballart, ponía que era una ruta con horario de entre 12 a 15 horas. Y por las dificultades que el croquis reseñaba, se daba a entender que no encontraríamos los obstáculos de los que tanto se hablaban. Sin embargo, los aperturistas tardaron 8 días completos (sin contar descansos) en abrirla. De modo que todo sonaba un poco contradictorio.

Preparamos nuestro arsenal de material, petates, cuerdas fijas, hamacas, e incluso fabricamos nuestros propios plomos en casa de Saúl. Íbamos preparados para la guerra. 

Fabricando plomos caseros en la guarida de Saúl

*22 de Noviembre del 2022:

El 22 de noviembre ya estábamos a pié de vía testándonos con sus primeros largos. En la cordada decidimos que yo escalaría los largos que fuesen más obligados en libre, y Saúl los que tuvieran más artificial. Mientras tanto Sophie ayudaría con el aseguramiento, el izado de petates y demás maniobras. Así cada uno aportaría a la misión desde sus puntos fuertes.

En estos dos primeros largos, la vía la dejó asomar su carácter. Yo me encargaba de ellos, y para guiarme durante la escalada, seguía los antiguos puentes de roca y algún que otro clavo, ya que el croquis del que disponíamos detallaba la mínima información. Por lo demás, debía protegerme con friends, fisureros y tricams, para poder pasar en libre mínimamente asegurado por pasos de hasta 6b+ sobre una roca de la que a penas podías traccionar sin oírla crujir. Los agarres parecían piedras puestas con un débil pegamento, y al ir golpeando todas con los nudillos, probándolas y finalmente tirando de ellas de una manera muy suave, hacía que la progresión resultase altamente fatigosa. En un par de ocasiones se me rompieron los pies que pisaba, llevándome buenos sustos. Otras veces me quedaba con los agarres en la mano y los lanzaba donde no pudiese dar a nadie. Un tanto peliaguda la escalada en autoprotección sobre conglomerado descompuesto. Daba igual lo fuerte que estuvieras o los octavos que habías escalado. Aquella pared sometería a cualquiera… Y eso estaba siendo nada más que el principio.

En los dos primeros largos, ya pudimos comprobar que la realidad del itinerario no se ceñía a lo reseñado en el croquis, pues todo nos parecía más difícil y expuesto.

Ganamos mucho tiempo al escalar en libre aquellos primeros sesenta metros, graduándolos de hasta 6b+. Pero lo que venía después parecía tener secciones demasiado lisas, tanto para pasar en libre como para protegerse. Es cuando entra en escena Saúl. 


Aquí toca jugar con creatividad para lograr colocar emplazamientos de los que poder progresar en artificial durante unos cuantos metros. La roca se convierte literalmente en barro y Saúl se ve obligado a emplear algunos plomos. Sophie y yo, desde la reunión, percibimos como caen del cielo débiles gotas de agua que llegan a rozarnos. Hacía frío y una brisa poco agradable. Nuestro primero de cordada hacía ya un rato que llevaba el frontal encendido para poder seguir progresando en la oscura noche. Saúl llegó a la tercera reunión y lo celebramos a voces. Dejamos allí todo el material preparado para continuar al día siguiente y rapelamos fijando cuerdas para dormir en la furgoneta.


*23 de Noviembre del 2022:

El día siguiente amanece nuboso y con pintas de no mostrar su mejor cara. Jumareamos por la cuerda fija hasta la “R3” y Saúl se puso manos a la obra con el cuarto largo.

Jumareando en la vía del Bunny la mañana del segundo día

Aquí comienza el Rock and Roll de verdad. La vía obligaba a escalar en libre sobre secciones muy descompuestas para después obligarte a colgarte de seguros que apenas apetecía mirar. Esto hace que la escalada sea realmente laboriosa y que la fatiga mental se intensifique hasta niveles extremos. Pues no es lo mismo colgarse de un plomo cuando tienes una ristra de seguros chapados por debajo de tus pies, que colgarse de este cuando vienes de darte una sección en libre y ves las cuerdas limpias y sin seguros por debajo tuya. A la contra, cuando toca salir en libre, generalmente los seguros que te protegen son emplazamientos precarios, y toca aventurarse a vista por aquél mar de roca, consciente de lo fácil que sería caerse por rotura de cantos. Y mientras escalas, te da por calcular lo fea que podría ser la caída y comprendes porqué nadie ha repetido esta ruta. Un auténtico juego mental de primera división. Allí arriba pudimos poner en práctica en primera persona las enseñanzas que Sophie y yo impartimos a nuestros alumnos cuando damos nuestro curso de gestión del miedo en la escalada.

Cuatro horas y media fue lo que tuvo que invertir Saúl para pasar por aquel largo que finalmente graduamos de A3+. Y por las fechas del año en que nos encontrábamos, no quedaba luz para mucho más. De modo que después de izar los petates y juntarnos los 3 en la “R4”, quedaba una hora y media de luz aprovechable, aunque eso era el menor de los inconvenientes. Pues el frío comenzaba a azotar, y la débil lluvia fue ganando fuerza. Quisimos ser muy optimistas al venir aquí con tan mal pronóstico meteorológico. Pensamos que la pared desplomaría lo suficiente como para no mojarnos y que el parte del tiempo sería exagerado, pero no fue así.




Me toca meterme en el papel. La pared se está empapando y nosotros comenzábamos a calarnos. Pero allí nadie se quejaba y no quería ser yo el primero en hacerlo. Sentía que debía ese largo a la cordada, que era mi cometido. Y comencé a escalar sin pensármelo mucho. Cuando encontraba un emplazamiento que me diese confianza aprovechaba para colgarme y descansar, ya que escalando tan bloqueado para no forzar los agarres me hacía ir muy tenso y perdía rápidamente la fuerza.

A ratos me embarcaba en travesía por donde no era, y tenía que volver al punto de partida sintiendo fuertes los golpes de mi corazón contra el pecho. Encontraba secciones que no entendía. Me las arreglaba como podía para montar una micro-reunión y darme las secuencias duras en libre. Saúl tenía una clase on-line de la universidad, y sacó el móvil en mitad de la oscura y lluviosa noche para asistir a clase colgado desde la reunión, por lo que no podíamos contar con él. 

La situación era bastante cómica hasta que casi me caigo al romperse un bolo que estaba pisando con el pie. Yo me conseguí aguantar de las manos pero este le cayó a Sophie en el brazo desde unos 8 metros. Ella grito fuerte y se le saltaron las lágrimas. Parecía que se le había roto el brazo. Yo grité casi por acto reflejo a Saúl para que se encargase de las cuerdas. Les dije que me bajaran pero ellos evaluaron daños y parecía que la cosa no era tan urgente. De modo que Sophie se quedó fuera de combate y yo continué con el aseguramiento de Saúl, que ya no estaba en clase. La noche llegó y la luz del frontal me proyectaba incómodas sombras que me perjudicaban a la hora de encontrar pies que pisar. La roca se encontraba completamente mojada, y yo sentía mi cuerpo de la misma manera, pero caliente gracias al miedo, un miedo con el que siempre había convivido en los momentos complicados, pero que nunca había estado presente durante tanto tiempo seguido. Desde abajo, en el pueblo, Toño, uno de los responsables de esta apertura, contemplaba incrédulo aquella escena con sus prismáticos. Me las pude arreglar para escalar en libre largas tiradas protegido que seguros que dejaban que desear y lidiando con el roce de las cuerdas que me lastraban, para llegar finalmente hasta la reunión calado hasta los calzoncillos después de otras cuatro horas y media de lucha y tensión. El grito de celebración por parte de todo el equipo hizo eco en la montaña.

Fijé cuerda y bajé con Sophie y Saúl para montar las hamacas. Nuestra idea era seguir hasta la cumbre del tirón al día siguiente, pero después de pasar una larga noche tormentosa, nos despertamos calados y con la pared en unas condiciones lamentables. Decidimos bajar de allí fijando cuerdas estáticas para volver la semana siguiente. Habíamos invertido demasiado esfuerzo como para abandonar a esas alturas.



No nos volvieron a cuadrar las agendas de los tres disponiendo de un buen parte meteorológico hasta dos meses después.


*25 de Enero del 2022:

El martes 25 de enero salimos en coche desde la sierra de Madrid a las 04:00am y fuimos directos hasta Riglos. En el parking preparamos todo el material y Sophie y yo subimos primero por las cuerdas fijas para continuar escalando el largo 6. No me hizo especial gracia subir por unas cuerdas que llevaba, dos meses a la intemperie y de las cuales no sabes si les ha podido golpear una piedra en el peor de los casos. Saúl por detrás, iba arreglándoselas para subir lo que serían más de 120 kilos de petates. Toda una obra de ingeniería la de desempeñar tan ardua labor una persona sola. Al llegar él a uno de los fraccionamientos, se encontró en el alma la cuerda por la que había ascendido porque uno de los cubre-roces se había descolocado. Cositas que te borran la sonrisa de la cara.

Por mi parte, comencé el largo 6 medio desfallecido por los metros de jumareo que nos habíamos desayunado al sol y cargando con material de escalada a la espalda. Este largo comenzaba con un factor 2 importante, que obligaba a poner máxima atención y cuidado. Una vez más tuve que invertir 4 horas de agonía para completar los 30 metros que sumaba aquella tirada, y a sabiendas de que por allí nunca se había conseguido pasar desde su apertura. Pensamiento que golpea la cabeza con fuerza. La exigente escalada mixta (mitad en libre-mitad en artificial) me hizo llegar exhausto a la reunión. Para cuando Saúl comenzaba con el siguiente A3, la noche ya nos había envuelto, y Sophie y yo nos dedicamos a ir montando las hamacas mientras asegurábamos a Saúl bajo la luz de las frontales.

Aquella noche fue incómoda. Esta vez dormimos los tres en una hamaca de dos para aligerar. Lo que se paga con falta de confort. Aún así, disfrutábamos súbitamente de la experiencia mientras nos recordábamos que aquello solo era un entrenamiento de preparación para una aventura mayor…




A la mañana siguiente, a Sophie le tocó asegurar a dos bandos. A mí de primero mientras me daba el siguiente largo y a Saúl de segundo mientras desmontaba el largo equipado la noche anterior. Una tarea que requiere poner mucha atención y actitud, pues tenía que gestionar bien las cuerdas mientras animaba activamente. Cosa que se agradecía. Aquél largo me salió encadenado completamente en libre, lo que nos hizo ganar tiempo. Una de las peores tareas era la de izar tal peso en petates que a ratos quedaban enganchados en las panzas. Aquello te dejaba con el lomo destruido y los brazos temblando.

Ya sólo quedaba un largo antes de la trepada final de IV grado. Saúl trató de salir de la reunión en artificial pero resultaba demasiado tedioso. Nos pasó el martillo, los clavos y todo lo que le resultase un lastre, para finalmente decidirse por tirar en libre. Un completo acierto. Salió un bonito largo de 6a con una roca de generosa calidad y unas protecciones aceptables.


Entrada la noche llegamos por fin a la cumbre y lo celebramos con una buena cena calentita bajo la inmensidad de un brillante cielo estrellado. Todos estábamos de acuerdo en no pasar otra noche más en la cima. Preferíamos bajar durante esa misma noche. Y pronto nos pusimos manos a la obra.

Desde cumbre teníamos un rapel de 60m hasta el collado. Yo bajé rapelando mientras desde arriba descolgaban la carga completa para que la fuese guiando hasta la siguiente reunión sin opción a enganchones traicioneros. Luego, desde el collado, descolgamos la carga del tirón utilizando las cuerdas estáticas empalmadas mientras esta vez Saúl rapelaba en paralelo para dirigir los petates. Sophie y yo llegamos después abajo. 

Una vez tuvimos todo recogido, distribuimos la carga en tres partes para portearla hasta el coche. Fue ahí donde nos dimos cuenta de que faltaba un petate. Al principio vacilábamos, pero pronto nos dimos cuenta de que nadie sabía donde estaba. Me llevé las manos a la cabeza al visualizar el último lugar donde recordaba ver aquél saco metolius de mi amigo Luisra, con un juego de friends dentro y dron con mando incluído…

Sólo esperaba que no me tocase escalar en solitario al día siguiente para recuperar nuestro valioso equipaje.


18 horas ininterrumpidas de trabajos (casi forzados) habían pasado ya cuando aparecíamos en el coche. Cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos una nota pegada en la ventanilla del piloto que ponía escrito con rotulador “LLAMARME”. Era una tarjeta de visita con el nombre de Toño Carasol, uno de los dos intrépidos aperturistas de la vía del Bunny, dedicada a un amigo suyo fallecido. Al parecer, el hombre había estado siguiendo expectante toda nuestra aventura desde sus prismáticos, y le urgía calmar su tremenda curiosidad por saber quienes eran los locos que habían conseguido repetir su vía. Pero antes teníamos otros asuntos pendientes...

A la mañana siguiente, Sophie y yo nos metimos en la vía “Chopper + Chopperior 300m, 6c”. Ruta que tuvimos que escalar al sol y en un estado físico bastante sesgado. Me costó horrores encadenar la vía, pero llegamos a la cumbre en un horario decente y pudimos recuperar todo el material a tiempo de bajar a comer con Saúl al refugio.

A la tarde fuimos a visitar a Toño, que ansioso nos había invitado a merendar y cenar en su casa. Allí cambiamos impresiones sobre la aventura que había supuesto subir por aquella pared. Toño nos contó que les había costado abrirla 8 largas jornadas primaverales, y que efectivamente no estaba de acuerdo con muchas cosas que en la reseña ponía, entre ellas el horario que le daban a la vía, y las graduaciones que les habían puesto a los largos. Estaba de acuerdo con nosotros en que sería todo mucho más difícil de lo que pusieron, y más aún después de haber visto durante años los múltiples intentos sin éxito que se habían acometido por parte de las distintas cordadas. Terminamos dejando la vía graduada de 6b+/A3+.

Este llamó para poner en manos libres a su amigo y compañero de cordada Armand Ballart, con quien había abierto la vía del Bunny. Tuvimos una conversación muy interesante, y por sincronías del universo, Armand estaba justamente en ese momento terminando de escribir un libro, en el cual hablaba en el último capítulo de su experiencia en la vía del Bunny, afirmando que no se había repetido nunca. Fue una sorpresa para todos presenciar tal coincidencia. De modo que nos pidió los nombres para cerrar su libro hablando de nuestra repetición.

Antes de abandonar la acogedora casita de nuestro nuevo amigo, Toño nos regalo a cada uno, un póster enrrollado de los Mallos de Riglos. Su manera de entregárnoslo me recordó a un emperador japonés ofreciendo una espada samuray en reconocimiento de héroes. 

Aquella vía resultó una experiencia de lo más mágica por la aventura que supuso tanto dentro como fuera de la pared, y felices nos volvemos a casa para continuar con nuestras vidas por donde las dejamos, y proyectar nuestro próximo reto con más perspectiva gracias a la experiencia sumada en el desarrollo de nuestra aventura de 4 días en la vía del Bunny.


Así dejamos re-graduada la vía

Agradecemos a la naturaleza la oportunidad que nos brinda de escalar sus montañas, y a los valientes que se aventuraron antes que nosotros para mostrarnos el camino.

Salud y Tapia.

martes, 6 de julio de 2021

Escalada al Ushba 4.700m

En esta ocasión, viajamos a un lugar de ubicación indefinida. Pues en los mapas, Georgia parece no pertenecer ni a Europa ni a Asia. Éste fue un país perteneciente a la antigua Unión Soviética, pero que ahora parece haber caído literalmente en tierra de nadie. Por lo tanto podríamos decir que nuestro objetivo se encuentra en el continente Euroasiático.

Monte Ushba 4.700m


Pocos meses atrás, en el Equipo Español de Alpinismo, Mikel Zabalza (el director) dijo en voz alta que el monte “USHBA” en el Caucaso, podría ser una buena opción como experiencia previa a nuestra expedición al Himalaya en Septiembre. Palabras que le aprisionaron al momento, pues al recibir la noticia en el Equipo, adoptamos aquella idea como única y irrevocable opción.

En el ambiente del equipo se manifestó una especial ilusión por viajar a aquellas tierras lejanas, apartadas de las modas, y con un estilo de escalada casi más parecido a la aventura de exploración, 

que a las típicas repeticiones a mesa puesta, ejecutadas con un tremendo repertorio de información fresca y precisa.

Esta montaña, famosa por su belleza y exigencia a muchos niveles, se erige sobre los 4.700m de altitud, y no dispone de ningún acceso sencillo. La ruta normal de subida ya supone una dura escalada que a algunos alpinistas llega a costarles varios intentos repartidos en diferentes viajes. Además esta montaña no es muy amiga de la buena meteorología, pues sufre cambios repentinos de pronóstico, y por si fuera poco suele atrapar las nubes que se pasean por el valle. Eso sin hablar de la longitud y verticalidad de sus vías, que sobrepasan de largo los 1.500m y además hay que llegar allí preparados para la guerra. Es necesario portar equipo para pasar por todo tipo de terrenos (roca, hielo, escalada mixta…) y escalar con una técnica depurada para además de subir, hacerlo rápido, algo a lo que la altitud trata de oponerse. 

Por lo que ya de primeras todo pinta que aventurarse a una ascensión de estas características va a ser meterse directamente en la boca del lobo... Adopta un interesante atractivo añadido cuando te das cuenta de que la aventura por conquistar esta icónica cima Caucásica, parece comenzar en casa, donde investigando en internet, apenas pudimos encontrar información útil sobre las opciones de escalada que ofrece la gigantesca mole de roca y hielo. De modo que con más incertidumbre que certeza, cogemos el avión en Barcelona, y con 2 horas de escala en Turquía, en un segundo vuelo llegamos a Tibilisi (capital de Georgia). Allí nos recoge una furgoneta para continuar otras 8 horas más hasta el pueblo de Mestia.

Durante el trayecto, descubrimos un lugar muy despoblado, pues la mitad de la población de origen, vive dispersa por el mundo, mientras el país alberga únicamente a los otros 4 millones de habitantes restantes, con lo que la densidad demográfica queda bastante reducida. Esto se nota en el ambiente apagado de las calles medio vacías, y en la separación que tienen las casas unas entre otras.

Pero al mismo tiempo, se contempla un país muy auténtico. Aquí en lo que pudimos ver, fuera de las ciudades todo el mundo es mayoritariamente autosuficiente. Pues cuidan de su huerto y sus animales. Y de esta manera pueden poner comida sobre la mesa a diario. Por suerte la tierra aquí es muy fértil.

Mestia, Georgia

Mestia, 

Es destacable la recia expresión que la gente muestra en el rostro. Parece el vivo reflejo de un pasado lleno de vacas flacas, conflictos bélicos y tiempos más que duros para la supervivencia.

El primer día en Mestia, podemos hacer poco más que descansar del viaje. Los días que no estemos en la montaña, reposaremos en las casas de la gente que con el fin de hospedar turistas, tienen una zona habilitada para que estén cómodos.

El covid ha sido devastador para el turismo de este país. Tanto que nos reciben con gran alegría por ser los primeros extranjeros en hacer gasto desde hacía más de un año.



Al día siguiente nos toca hacer la prueba obligatoria de -PCR-. También aprovechamos para pasear por el pueblo, visitar el mercado, comprar comida, gas, etc. Y organizar toda la preparación logística de los próximos días.


A la mañana siguiente, nuestra furgoneta nos lleva una horita y media más de viaje por una infumable carretera de curvas hasta el pueblo de Mazeri 1.550m. Algo que nos llamó la atención fue cómo las vacas paseaban tranquilas por la carretera y sin verse achantadas por los coches que sin dudarlo un segundo, no cesaban en su velocidad y pasaban a ras de ellas esquivándolas por centímetros. Parecía ser una cosa que tenían bastante normalizado por allí. Aún así, fuimos testigos del algún atropello, que por suerte no fue por parte de nuestro kamikace conductor…



Una ves en Mazeri, entramos en la casa de una familia de ancianos compuesta por tres señoras y dos señores. Allí alucinamos diariamente con la abundancia y variedad de la comida que nos sirven. A veces comemos hasta reventar, pero las entrañables abuelitas continuaban poniendo bandejas de comida en la mesa. Una pena no poder comunicarnos a penas con esta gente para decirles que nos encanta la comida, pero que si seguimos engullendo de esta manera tal vez explotemos.

Desde el pueblo, a ratos las nubes nos permiten entrever la cima del Ushba. Se aprecia inmensa y lejana. Tras organizar todos los preparativos, salimos la mañana del 19 de junio en aproximación hacia el campo base.


*19 de Junio del 2021:



Nos acompaña Nick, un guía local que nos proporciona alguna información de interés y que nos hace de traductor. Viene junto a dos compañeros suyos y tres caballos que nos ayudan con la carga durante la primera hora y media de camino. Pero al decir verdad, si llegamos a saber de antelación el poco recorrido que nos portean las mochilas y lo caro que nos iban a salir los caballos, hubiéramos prescindido del servicio. Además, las cargas no paraban de desajustarse a lo largo del camino y nos vimos obligados a seguir un ritmo demasiado interrumpido. De hecho, la segunda vez que hicimos este trekking, ya fuimos sin caballos.

En mitad del bosque nos encontramos con un puesto militar, al que debemos enseñar nuestro permiso de escalada. Llegado a un punto del camino demasiado técnico para que continúen los caballos, cargamos ya con las mochilas, que pesarían en torno a 20 kilos cada una, pues en ellas transportamos el material de escalada, el de pernocta con tienda incluido, y la autosuficiencia en comida y gas para sobrevivir 5 días. A parte, alguno de nosotros llevábamos un plus añadido de peso. Rubén por ejemplo cargaba con su parapente ligero por si se diera el fantástico caso de que pudiera regresar al pueblo volando desde la cima. Y yo llevaba tres cámaras (contando con el dron), con muchas baterías adicionales para grabar una buena película. Mi ilusión por capturar unas buenas tomas era tan grande como la de escalar aquella montaña. El precio del peso merecería la pena, estaba seguro…



En cuatro horas nos plantamos en el glaciar del Ushba, con unas visitas impresionantes de su orientación Oeste, donde teníamos pensado escalar. Este era el lugar perfecto para montar nuestro campamento base.

Esta expedición estaba formada por Rubén Sanmartin, Bernat Vilarrasa, Mikel Inoriza, y los exmiembros del Equipo; Alberto Fernández y Roger Cararach, (a parte de mí) y bajo la dirección de Mikel Zabalza.

Desde aquí abajo se podía apreciar una montaña muy seria, y de unas dimensiones sorprendentes pues a penas nos encontraríamos a 2.700m, y la cumbre que estábamos vislumbrando se alzaba 2.000m más arriba. (Sobre los 4.700m de altitud) Esto quiere decir, que la inmensidad de la pared que contemplábamos, era más grande que dos veces el gran capitán del Yosemite. Algo monstruoso...

A parte de la grandiosidad de la pared y su intimidante presencia, destacaba su magnética belleza, que desde hacía meses nos tenía embobados por las fotos.


Una vez ubicados y con las tiendas montadas, tratamos de interpretar las líneas que queremos escalar. Entre nuestra montaña y las que formaban el valle, estaban continuamente cayendo avalanchas. Puntos por los que deberíamos evitar nuestro paso.

Estaba haciendo demasiado calor, y por las paredes chorreaban ríos de agua. Hasta el punto de tener que descartar los planes principales. Además tendríamos que evitar al máximo la nieve porque la encontraríamos en un estado lamentable. De modo que no nos quedó más opción que ir todos en busca de la seguridad que nos ofrecería el gran espolón sur.

Nos dividimos en tres cordadas. Roger y Alberto forman una, Mikel Inoriza y Bernat otra. Y Rubén, Mikel Zabalza y yo la tercera.



* 20 de Junio del 2021:


Al día siguiente, las dos primeras cordadas aproximan juntas para entrar por una debilidad que se intuye en la primera zona de roca. En mi cordada decidimos levantarnos media hora más tarde, (a las 05:00am) y caminar hasta un collado más alto para tratar de entrar al espolón por otro lado y así no comprimirnos todos en la misma vertical y poder progresar más seguros. Mientras aproximábamos, un par de pedruscos caen rebotados desde 500 metros y penetran en la nieve a escasos 6m de nosotros. Esto nos corta la respiración por un instante y nos hace apartarnos más de la pared. Una vez en el collado no vemos ninguna zona escalable lo suficientemente evidente. De modo que retrocedemos, pero sin perder toda la altura ganada, entramos a la pared por un nevero que cruza diagonal, y con un largo de escalada aparecemos entre medias de los compañeros. Hacia aquí nos ha mandado la pared, y al parecer vamos a tener que compartir inevitablemente la misma vertical los siete. Habrá que escalar con mucho tacto...


Por encima llevábamos a Rouger y Alberto, y por debajo a Inoriza y Bernat.

Escalamos tras la estela de la primera cordada por el terreno más intuitivo. Parece que llegados a un punto se cruza con nosotros la vía “Mishlaev”, pues encontramos un clavo que todos usamos para protegernos. Por lo demás, posiblemente estemos abriendo una nueva vía. Después de unos 6 largos que no pasarían del 6a+/b, Rubén me cede el relevo y continúo yo a la cabeza de cordada para el resto del día. Hay zonas que presentan mayores dificultades técnicas y decido cambiarme las botas por los pies de gato. Un acierto. A los 90m me vuelvo a poner las botas para salir a un terreno mixto. Por aquí progresamos en ensamble de a tres. Cuando se acaba el material, monto reunión para juntarnos y recuperarlo todo. Y así hacemos un par de veces, lo que nos ayuda a ganarle mucho recorrido a la montaña en pocas horas.




El mochilón que cargamos no es ninguna broma, todos hacemos comentarios al respecto. Han habido largos en los que parecía que estábamos haciendo tracciones de brazos con lastre. Al esfuerzo hay que sumarle una cota cada vez más alta y una fatiga física que va en aumento con las horas. Parece que escalar el Ushba no va a ser moco de pavo...

Por lo general no podíamos quejarnos de la calidad de la roca considerando el lugar en el que estábamos. Pero la montaña generaba ambiente por sí sola. Durante los últimos largos del primer día, cada pocos minutos nos impresionaba intermitentemente un rugido proveniente de los aludes que caían a escasos 50m a nuestra derecha. Por suerte estos desprendimientos bajaban canalizados por una vaguada que encarrilaba los escombros.


Me pongo los pies de gato para los dos últimos largos del día, y después de unos 800m de escalada llego con unas fuerzas muy mermadas al vivac en el que nos aguardaban Alberto y Rouger. Siento la altura en mi corazón y pulmones. Me obligo a hacer movimientos lentos y precisos para no ahogarme. Me da por pensar en lo nulo que ha sido mi entrenamiento en las últimas semanas, pues el calor madrileño no ha dado tregua alguna. Únicamente he llegado aquí con la pequeña preparación física adquirida en mi trabajo, guiando en Los Galayos y en la cara oeste del Urriellu los días de antes.



Nos juntamos todo el equipo en aquella excelente plataforma para descansar, sintiendo fortuna por la comodidad que ofrece. Son las 17:00 y llevamos unas 11:00 horas de actividad ininterrumpida. Prácticamente sin beber y sin comer. A esta hora la nieve se encuentra en un estado horrible y caen demasiados aludes. A parte nos encontramos a unos 4.000 metros y no conviene dormir más arriba. La altura nos podría golpear con fuerza. Decidimos apalancarnos y disfrutar de un vivac en buena compañía y con gran ambiente.

Miramos el parte y parece que pronostica tormenta para la tarde del día siguiente. No nos hace mucha gracia. Y ponemos el despertados a las 03:30 para escapar de allí cuanto antes.

Yo aprovecho el tranquilo momento y la calma atmosférica para volar un rato el Dron y sacar algunas tomas de nuestra ubicación. Estoy deseando unir las imágenes con las grabadas en la GoPro y montar algo bonito.


La noche la paso una noche con bastante frío. He pecado de excesivo minimalismo rebajando el peso del saco para que me entrase el Dron en la mochila. En ningún momento dejo de pensar que mereciese la pena, pero me paso la corta noche frotándome las piernas y haciendo suaves abdominales para mantener el calor. Los demás parecen encontrarse confortables en sus sacos buenos y yo me siento bobo...

Por suerte, el rato no se me hace demasiado largo porque a las 03:30am comienzo a hacer el desayuno. Cerca de las 4 y pico ya estamos funcionando. Escalamos las tres cordadas en ensamble para pasar rápidamente por la zona más avalanchosa de la montaña. Es muy temprano y raro sería que en ese horario cayera algo. Pero aún así, estas situaciones nunca te permiten ir del todo tranquilo. 


Después de una larguísima travesía pasamos por un largo con hielo y llegamos a una gran pared vertical de roca. Parece muy seria y las dudas nos asaltan por unos instantes.

En las montañas de los alrededores parece que se está formando tormenta, aún siendo tan temprano. Nuevamente tenemos que subir todos por la misma vertical, pero esta vez sí que parecemos estar en una vía abierta por alguien, ya que encontramos multitud de clavos.


La presencia de aquéllas nubes tan cargadas acercándose nos hace replantear la estrategia, y decidimos escalar en racimo para salir de allí lo antes posible. De esta manera, el primero de la primera cordada escala normal, pero su segundo sube con una cuerda que le une a la cordada de abajo. De manera que al llegar a la reunión asegura de segundo al primero de la segunda cordada. Éste a nosotros y nosotros a los de abajo, de manera que todos estamos unidos entre nosotros y escalamos asegurados desde arriba siendo únicamente un escalador el que sube de primero. En mitad de pared se nos pone a nevar suavemente. Es nieve poliespan y resbala por la pared sin mojarla. Con el calor generado por el movimiento podemos prescindir de los guantes para escalar a mano desnuda aquellos físicos largos de hasta 6b+. Es increíble lo que puede incrementar la dificultad la altura, el frío y sobre todo la mochila…

Me doy cuenta de la suerte que estamos teniendo con la Reina del Caucaso, como llaman a esta montaña por considerarse la más difícil del lugar. Los hogareños incluso la llaman el Diablo.

Nuestra dicha aquí, es que estamos encontrando una atmósfera libre de nubes envolventes y estamos gozando de plena visibilidad durante toda la ascensión. Cuando precisamente es esta la montaña que más las atrapa, y también es conocida por sus repentinos cambios de tiempo y fuertes rachas de viento. Factores que no se están manifestando por el momento. Algo bueno habremos hecho en otra vida...

Al terminar el exigente muro, llegamos a una goulotte mixta. Principalmente de hielo. Aquí nos ponemos crampones, sacamos piolets, y volvemos al encordamiento normal. Alberto y Roger desaparecen por arriba. Ruben se pone a encabezar nuestra cordada. De segundo le sigue Zabalza, que sube rápidamente y encantado con la calidad del largo. Y por último, voy yo siguiéndoles. 

Llego a un resalte y me cuesta ver el paso. Estos dos han subido muy bien pero a mí me entretiene encontrar el movimiento. Parece que por fin veo dónde enganchar los piolets y comienzo a traccionar. Estaba apunto se salir de paso cundo de repente, 40m más arriba escucho a Rubén y Mikel gritar con todas sus fuerzas. Enseguida interpreto que algo catastrófico está sucediendo. Las voces son realmente aterradoras y me preparo para lo peor.

Cuando alzo la mirada ya lo entiendo. Dos bloques gigantes están cayendo en trayectoria hacia nosotros. ¡no puede ser!

Uno tenía el tamaño de una lavadora y yo me hallaba desprotegido. A parte, Inoriza y Bernat venían 20 metros más abajo y también sentí pánico por ellos. Mi cuerpo activa el modo supervivencia, e instintivamente salto hacia atrás. La cuerda se estira y yo bajo unos metros. El péndulo de la caída me mete debajo del pequeño desplome. Clavo los piolets para no retroceder hacia fuera e intento ocupar el mínimo espacio. Rezo para que los bloques no toquen la cuerda de 8,5 que me sostiene, y al instante me golpean algunas piedras de menor envergadura en la mochila. Se hace un silencio momentáneo y desde arriba nos preguntan si todo está bien. Yo respondo que estoy bien y lanzo la pregunta a los de abajo. Pero como respuesta obtengo un terrorífico silencio...

A los segundos por fin contesta Bernat, y comenta que a Inoriza le ha tocado una piedra. Inoriza dice que no se ha roto nada pero que ha recibido un golpe en la espalda. Me tranquiliza mucho escuchar sus voces, pero no lo suficiente como para poder terminar aquel largo sin temblar...

Parece que al fin llegamos a la arista cimera. Rubén se separa de nuestra cordada para esperar a Bernat e Inoriza por si necesitasen ayuda.



Zabalza y yo seguimos una arista que parecía crecer a cada paso. La fatiga aumenta en los tramos más sencillos y que permiten aumentar el ritmo. Llegamos a la cumbre y la celebramos junto a Alberto y Roger.

Llegar aquí ha supuesto un gran esfuerzo, pero bajar tampoco va a ser un juego de niños precisamente.

Desde cima, observamos que el resto del equipo ya está montado en la arista y que se dirigen a cumbre. De modo, que después de discutirlo un momento, decidimos por donde hacer la bajada.




Aquí volvimos a trabajar en equipo. Vamos encadenando rápeles con los tres pares de cuerdas que tenemos, dejando en ocasiones las cuerdas colocadas a los que vienen por detrás cuando estos son más técnicos.

Bajar de allí no era lo más evidente del mundo, pero Roger y Alberto fueron encontrando muy bien el camino acertado y a buen ritmo conseguimos llegar a los vivacs para pasar la segunda noche en pared, ubicados a unos 4.100m, en la orientación sur.


Por allí cerca tenían montado un campamento avanzado unos Ucranianos muy amables que nos ofrecieron té y caramelos a todos. Se quedaron asombrados con que estuviésemos allí sin tienda de campaña. Ellos parecían estar intentando la vía normal en un estilo más pesado y de más días.

La zona plana del vivac se encontraba expuesta al viento. Y entre todos tallamos en la nieve una buena repisa plana y amplia en la que cinco de nosotros pudimos dormir resguardados del viento.



Pensé que con el cansancio dormiría bien, pero nuevamente pasé una noche de pena en mi saco ligero, frotándome las piernas y mirando el reloj mientras deseaba que se hicieran las 04:00, hora a la que despertamos para terminar la bajada con el fresquito de la madrugada. Al menos el atardecer visto desde allí arriba me llenó de inspiración, antes de que lo continuase haciendo el mar de estrellas...


*21 de Junio del 2021:


Sin mayores contratiempos conseguimos llegar a la base de la pared de una manera fluida y relativamente sencilla, a ratos empleando el material que encontrábamos para rapelar, a ratos destrepando largos recorridos, y a ratos abandonando nuestro propio material para poder seguir rapelando en las zonas más verticales.


Contentos y con el logro en el bolsillo, caminamos una media hora hasta donde nos encontramos con Nick y el resto de arrieros, que nos subían empanada de carne y cerveza para todos. Una sorpresa que nos inundó de alegría y que agradecimos en el alma.

Parecía que la aventura había terminado, cuando en el camino de regreso, uno de los caballos entró repentinamente en pánico y rompió filas lanzando coces al aire a dos patas para quitarse toda la carga de encima. Corrió muy nervioso ladera abajo dando saltos. Yo me llevé las manos a la cabeza deseando que no se despeñase por el acantilado. Todos allí nos quedamos perplejos con aquella estampa, pero la bestia consiguió arrancarse todo del cuerpo y a tiempo llegó el arriero para sujetar las riendas y calmar al animal.

Tardamos un rato en encontrar los piolets que habían salido volando. Además alguna mochila término desguazada. No quisimos volver a cargar a aquél caballo y nos fuimos turnando entre todos el peso en el camino de vuelta.

Los currantes se sintieron muy incómodos con lo ocurrido y quisieron devolvernos parte del dinero. Pero fuimos comprensivos y decidimos zanjar el tema invitándoles a unas cervezas. Pude notar sorpresa en sus miradas ante el gesto que tuvimos con ellos. El caso es que fue algo inevitable lo que sucedió, originado por la naturaleza de un animal medio salvaje.

En los días que aún nos quedaban de viaje, pudimos hacer otro par de interesantes actividades. Mikel Inoriza y Bernat abrieron una vía en una cima secundaria ubicada en el macizo del Ushba Este, mientras que Alberto, Roger, Zabalza, Rubén y yo, Escalamos el “Shkhelda”, una montaña de 4.368 metros que hicimos en el día, y que al parecer llevaba muchos años sin repetirse.

De modo que hemos tenido un viaje al Caucaso plenamente exitoso y muy satisfactorio. Hay veces en que la situación se presta favorable, y esto puede hacer que nos llevemos una impresión más benévola de lo que suele ser la montaña en realidad. Por ello hay que saber valorar las actividades aún cuando se nos han dado muy bien las cosas, y tomarnos la experiencia como un valioso regalo que no se recibe todos los días. Gracias Caucaso por la experiencia.